Detrás de las agresiones hay sufrimiento

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Por Editor Mundo Empresarial

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04.04.2017

Los seres humanos en general, tenemos una fuerte tendencia a disfrazar las emociones negativas. Sea porque muchas veces reaccionamos inconscientemente o porque deliberadamente no queremos que sepan qué es lo que realmente nos pasa, con mucha frecuencia (tal vez demasiada), expresamos algo diferente a lo que en verdad estamos sintiendo. Cuando estamos felices, somos una dulzura con todo el mundo, sonreímos, somos amables, joviales, generosos y hasta simpáticos. Pero cuando algo negativo nos sucede, utilizamos el terrible disfraz de la agresión. Los grados de sufrimiento pueden ir de cero a mil; una persona puede estar sufriendo por algo intrascendente como que no le dieron una chocolatina, o por algo absolutamente doloroso como que se le murió la mamá.

Sin embargo, en ambos casos, la respuesta a esa emoción negativa suele ser la agresión. Esto lleva a concluir que agredimos cuando sufrimos. Cuando regresamos del trabajo preocupados, enfermos, cansados, molestos o deprimidos, no decimos que nos pasa…pero hacemos cara de “bravos” y cuando alguien nos pregunta compasivamente qué nos sucede, contestamos con cara de puño “nada!” lo cual genera la consecuente y típica respuesta del interlocutor: “está histérico (a)”. Como es obvio, frente a esa respuesta no se recibe comprensión, ni acogimiento y la única razón por la cual esto ocurre, es que disfrazamos nuestra emoción real. La respuesta correcta, que despertaría el apoyo deseado en quien nos preguntó, sería expresar verbalmente lo que realmente sentimos: “estoy preocupado, triste, cansado, etc”. Solo así existiría la posibilidad de recibir apoyo de quien preguntó qué nos pasa.

Experimentar dolor en la vida es inevitable. Sufrimos pérdidas en el camino, golpes que nos hieren tanto o más que las heridas físicas y para estas llagas emocionales, es también necesario un tiempo de cuidados para sanar y cicatrizar. Pero los humanos, no pocas veces, hacemos algo muy paradójico con nuestro dolor. En el intento de escapar del mismo, tomamos opciones que traen más problemas a nuestra vida. Agredimos a otros o a nosotros mismos y un sinfín de otras formas originales de escape (como el alcohol), que nos aseguran un padecimiento peor. No hacemos esto por tontos. Lo hacemos porque hemos asociado estas acciones con alivio inmediato y porque creemos que no podemos soportar el dolor que cargamos por tiempo indefinido. Nadie sufre por elección. Lo paradójico del ser humano es que sufre en un intento fallido de evitar dolor. Nuestro mapa mental, la historia que nos contamos acerca de nosotros mismos en este mundo, determina de gran manera la trampa en la que nos metemos; esa trampa en la que el remedio es peor que la enfermedad. Sin embargo así como nos metemos, podemos salir. Solo es cuestión de tomar consciencia y actuar deliberadamente. Saber que de nada sirve disfrazar las emociones y que cuando somos trasparentes en expresarlas, podremos encontrar el camino para solucionar las adversidades con nuestro propio tesón y con el acompañamiento y amor de quienes nos rodean.

Para entender nuestro propio comportamiento, es importante comprender qué es la agresión y que tipo de agresión solemos utilizar, para así poderla controlar. La agresión es una conducta que busca causar un daño. Éste puede ser físico, verbal, emocional, psicológico o material. Solemos creer que una persona se pone agresiva, sólo cuando está muy enojada. Y pensamos que agredir significa gritar, insultar o pegar. Pero no es así. Con frecuencia, estamos siendo agresivos y no nos damos cuenta, porque aparentemente no estamos enojados o porque creemos que nuestra conducta es la «normal» y adecuada.

Por eso es necesario conocer las diferentes formas de agredir y sus motivos, para evitar que forme parte de nuestra conducta. La Agresión emocional es la que todos identificamos con mayor facilidad. Es la expresión de nuestro enojo, cuando nos sentimos atacados, amenazados, humillados o frustrados. Es una respuesta automática, generalmente intensa, en donde no pensamos, sólo reaccionamos. Se da en las personas impulsivas, poco asertivas, muy emotivas o en aquellas que no aprendieron a relacionarse o defenderse de otra manera. Cuando usamos esta agresión, es para desquitarnos, vengarnos o lastimar al otro y evitar que nos lastime. En ocasiones utilizamos una forma de agresión pasiva. Esta forma de agredir es una manera, muy sutil y encubierta, de dejar salir nuestro enojo, resentimiento u hostilidad. Por ejemplo cuando «olvidamos»  hacer o decir cosas, que para otras personas son importantes o necesarias, ignorar a alguien, hacer «pequeñas bromas» que humillan a los demás, contar en público errores o intimidades de alguna persona, haciéndola sentir mal, etc. En esta forma de agresión, la intención es perjudicar, hacer sentir mal o manipular a alguien, pero escondidos detrás de una apariencia de sumisión e incluso de «bondad». Las personas que utilizan esta agresión, lo hacen porque están resentidas con la autoridad o con algunas personas, tienen problemas de autoestima y no se atreven a expresar su molestia o rabia abiertamente, están acostumbradas a reprimir o negar sus emociones y no aprendieron una manera correcta de expresar su enojo y solucionar los problemas. En algunos casos, las personas que agreden pasivamente, no se dan cuenta de su propia agresión. No son capaces de afrontar un problema o a una persona, cara a cara y de forma directa, de modo que recurren a formas indirectas para manejar la ansiedad y la frustración que sienten. Otras veces, esa agresión que lo único que refleja es el sufrimiento interno del que agrede, se proyecta.

La agresión proyectiva es la que utilizamos para descargar nuestra rabia, pero sin dirigirla hacia la persona que provocó nuestro enojo. Este tipo de agresión está relacionada con una autoestima baja, incapacidad para resolver conflictos adecuadamente, creencias equivocadas respecto a nuestras emociones, relaciones, etc. y nuestra dificultad para reconocer y aceptar lo que sentimos y pensamos. Por ejemplo, nos enojamos con nuestro jefe porque pensamos que fue injusto con nosotros. No le decimos nada, para evitar problemas mayores o porque pensamos que no nos va a entender, pero llegamos a la casa y le gritamos a nuestra pareja. La mayoría de las veces, este tipo de agresión es inconsciente. Desafortunadamente, la tendencia del ser humano es disfrazar las emociones negativas y la agresión es el disfraz que con mayor frecuencia utilizamos. Cuando alguien está sufriendo y agrede por este motivo, no considera que esta sea una agresión, sino simplemente «la conducta adecuada» para determinada situación. Por ejemplo gritarles a los niños, para «poner límites y disciplinarlos» o ponerle apodos humillantes a las personas, como expresión de «cariño», porque todos lo hacen o porque nos parece gracioso.

Algunas veces agredimos para defendernos de un daño físico, para defender a otra persona o para proteger objetos o propiedades que podemos perder. En este caso, la meta no es dañar o destruir, sino preservar la vida y propiedades importantes. Este tipo de agresión pareciera ser justificable. Sin embargo, y aunque exista una explicación lógica para responder agresivamente, existen otras opciones, como hablar, retirarse, buscar ayuda, etc., por lo tanto tampoco se podría justificar la agresión como salida. Las inadmisibles agresiones sexuales de cualquier tipo, no solo no tienen ninguna justificación sino que la explicación suele llevar inmersa una patología clínica. Ante esas agresiones deberá ser la justicia penal la que aborde a esos agresores.

En conclusión, todos agredimos en algunas ocasiones en respuesta a algún grado de sufrimiento, pero no por eso, la agresión está justificada. Lo único que debemos hacer es aceptar que lo hacemos, identificar que nos hace actuar así y evitar hacerlo. Todos podemos reconocer cuándo y por qué lo hacemos, sin sentirnos culpables y aprender a manejarlo. Reconocer que agredimos porque sufrimos e identificar las causas de ese sufrimiento sería el punto de partida para encontrar los correctivos sin disfrazar la emoción verdadera que se está sintiendo. Mirar con compasión a un hijo, madre o hermano que está siendo agresivo con nosotros, entendiendo que nos agrede porque está sufriendo por algo, ayudará a que el conflicto no sea mayor.      

Aprender a manejar la frustración, mejorar la comunicación, relajarse y respirar adecuadamente  para tener un mayor control, manejar la crítica de los demás, ser asertivo y reflexionar antes de actuar, será un buen  comienzo para DEJAR DE AGREDIR CUANDO SUFRIMOS.

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