El efecto negativo de gritar a los niños y a los adultos tiene en la actualidad, amplia evidencia científica. Reconocidos psiquiatras y neurocientíficos del mundo, han demostrado en sus investigaciones que el uso del miedo y la intimidación en la educación infantil puede generar consecuencias graves en la salud mental.
Los estudios plantean que los niños que crecen en un ambiente donde el grito es común, tienen un mayor riesgo de desarrollar trastornos de ansiedad y depresión en la adolescencia y la adultez. Gritar, especialmente a niños, dispara la liberación de cortisol, la hormona del estrés, lo que puede generar malestar emocional, dificultar la capacidad para pensar con claridad y afectar el desarrollo neurológico.
Como se puede ver, la explicación es más neurológica que psicológica; el cerebro humano percibe los gritos como una señal de peligro o alerta, lo que desencadena la liberación de cortisol. El cortisol, en exceso y de forma prolongada, genera estrés, ansiedad e inestabilidad emocional, tornando a quien recibe el grito en ese momento en alguien impredecible. Cuando un niño es expuesto a gritos, su cerebro se activa en modo supervivencia, lo que dificulta su capacidad para aprender y procesar información. Los gritos pueden afectar la amígdala, la parte del cerebro que procesa las emociones y almacena recuerdos relacionados con ellas. Un estudio de la Universidad de Harvard concluyó que los gritos reiterados pueden alterar las áreas del cerebro relacionadas con la regulación emocional y la autoestima.
Definitivamente, todos debemos tener en cuenta que los gritos generan malestar emocional, al disparar los niveles de cortisol, generan estrés e impiden a quien es gritado pensar claramente y buscar soluciones a los problemas. Es ampliamente conocido que el acto de “gritar” tiene una finalidad muy concreta en todas las especies, que es la de alertar de un peligro. Nuestro sistema de alarma se activa y se libera cortisol, hormona del estrés que tiene como finalidad poner las condiciones físicas y biológicas necesarias para huir o pelear.
¿Por qué gritamos, entonces? Quien ejerce la ardua tarea de educar puede sentirse en momentos determinados desbordado y perder el control, todos lo hemos sentido en algún momento, pero hay que trabajar para tener estrategias alternativas a esto, y, sobre todo, hay que educar en el respeto y el ejemplo que es una de las formas más coherentes de educar. Lo que ocurre, es que algunas personas repiten el patrón educativo de sus padres y pueden pensar que utilizar los gritos les sirve para manejar el comportamiento inadecuado de sus hijos. Cuesta desprenderse de lo aprendido. Ahora, convertidos en adultos son incapaces de usar otras herramientas, otras alternativas más útiles y respetuosas.
Disciplinar, corregir, pero sin lastimar, guiar y enseñar sin recurrir al grito es la manera eficaz de cuidar su mundo emocional, de fortalecer su autoestima, de enseñarles que existe un tipo de comunicación que no duele, esa que sabe entender y conectar con sus auténticas necesidades. No es fácil, cuesta, especialmente cuando hemos sido educados de esa forma. Pero se pueden modificar conductas que reconocemos que son dañinas para nuestros hijos.
El desarrollo emocional y psicológico de los niños es altamente sensible al entorno en el que crecen. Los gritos, especialmente cuando provienen de figuras de autoridad como padres o maestros, pueden generar consecuencias duraderas. Los gritos pueden hacer que un niño se sienta menos valioso o incapaz, ya que a menudo los relacionan con el rechazo o la desaprobación. Esto puede afectar su confianza y su capacidad para expresarse libremente. Los niños que crecen en un ambiente donde los gritos son frecuentes pueden desarrollar dos tipos de respuestas: imitar el comportamiento agresivo o volverse extremadamente retraídos y temerosos de expresar sus emociones.
Un ambiente estresante en casa puede afectar la concentración y el aprendizaje. Los niños que experimentan gritos constantes pueden tener dificultades para enfocarse en la escuela, y desarrollar habilidades cognitivas.
Los Gritos y su Efecto en los Adultos
Aunque se suele asociar el daño de los gritos con la infancia, los adultos también pueden verse profundamente afectados, tanto en el ámbito laboral como en las relaciones personales. Estar constantemente expuesto a gritos genera ansiedad, depresión y problemas de autoestima en los adultos. Además, puede activar recuerdos traumáticos de la infancia, intensificando el impacto emocional.
Los gritos en una relación de pareja o en un entorno de trabajo generan resentimiento, miedo y falta de confianza. Las personas que experimentan gritos regularmente pueden volverse más distantes o desarrollar respuestas defensivas. La exposición frecuente a gritos, como se ha afirmado anteriormente, aumenta los niveles de cortisol, lo que a largo plazo puede causar problemas de salud como hipertensión, insomnio y debilitamiento del sistema inmunológico.
En el ámbito laboral, los jefes o compañeros que gritan constantemente, generan un ambiente tóxico, reduciendo la motivación y la eficiencia de los empleados. El miedo a cometer errores puede hacer que los trabajadores se vuelvan inseguros y menos creativos.
Los gritos pueden parecer una forma inmediata de expresar enojo o frustración, pero sus efectos negativos a largo plazo pueden ser devastadores tanto para niños como para adultos. Desde la infancia hasta la vida adulta, esta forma de comunicación genera ansiedad, deteriora las relaciones interpersonales, y afecta la salud mental, y física. Optar por una comunicación respetuosa y asertiva mejora nuestras interacciones, y contribuye a un ambiente más armonioso y saludable para todos.
A PARTIR DE HOY DEJE DE GRITAR

¿Por qué es tan perjudicial gritar a alguien? Dra. Gladys de Bothe Psicóloga Clínica





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